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domingo, 4 de diciembre de 2016

TIENES MUCHA SUERTE

Ilustración Yenny Delgado Batista






Venía siendo costumbre que el mismo mendigo acampara desde muy temprano a la puerta de su iglesia. EL sacerdote, que por su profesión se debe a todas las criaturas del Señor, sean ricas o pobres, inteligentes o zotes, decidió preguntarle la causa de tan desafortunada situación. (...)


(Tienes mucha suerte. Puro Cuento. Ed. Baile del Sol, 2016) 

domingo, 9 de octubre de 2016

LOS "BOOMERS"






Pertenezco a la generación de los boomers. En la década de los sesenta y setenta, procrear fue un puro frenesí como el Cha cha chá. 
La gente tenía facilidades; hasta el alma se podía pagar a plazos.
Bautizaron aquel fenómeno con un nombre explosivo: Baby Boom. La pólvora que se las prometía estallar en fuegos multicolores, acabó en un petardeo mediocre.
        Los boomers debajo del brazo trajimos problemas. ¿Nacimos en mal momento o es que el tiempo venía con tara? Colapsamos los colegios y las monjas nos llevaron a la capilla a rezar por la salud del dictador. Después de un par de rosarios, Francisco estiró la pata. 
       Por edad, todavía no llegamos a disfrutar del todo la alegría generalizada. Escuchábamos canciones y frases que hablaban de libertad, sin duda. Como las matronas, aquellos eslóganes asistieron el parto de la Democracia.
        Poco a poco, a los boomers nos empezó a crecer el vello y los pechos.
        Una tarde, un mostachudo con pistola se coló por la televisión de nuestras casas. Había entrado en el Congreso disparando al cielo. 
        «¿Es grave?» Mis padres salieron a la carrera al supermercado y regresaron con latas de leche condensada, legumbres, aceite y rollos de papel higiénico para varios años. No tuve necesidad de preguntar dos veces. Fue la primera vez que en mi casa entró una pata de jamón. 
        El cielo no se derrumbó. El terror huyó saltando por la ventana. Poco después, "Puedo prometer y prometo" le dijo a los españoles que tiraba la toalla. Aunque ahora son pocos los que parecen acordarse, en aquel momento al Presidente le pusieron a caldo. En su lugar, entró otro con cabeza de huevo y gafas de pasta gorda. Sobre este si es verdad que cayó el olvido.



        Para cuando los socialistas llegaron al poder, los boomers ya estábamos en la universidad. No había becas para todos. Allí conocimos los números clausus y la decepción. Nos vimos obligados a escuchar las clases sentados en el suelo del aula y de los pasillos. El primer año fue una pérdida de tiempo. Durante seis meses protestamos a favor de las reivindicaciones de los profesores no numerarios (PNN). En aquella ocasión, la sentada en el suelo fue porque quisimos. La performance sirvió para dejarnos el culo frío. Algo parecido había ocurrido ya. La mayoría votó no a la OTAN y aconteció lo contrario de lo expresado. En esto, en lo de protestar y conseguir cambios, los franceses y los británicos continúan llevándonos mucha ventaja.
       
        En la biblioteca leí Rayuela, Cien años de Soledad y Pedro Páramo. Los profesores parloteaban de MacLuhan, de Vladímir Propp y de la Gestalt como si nos descubriesen un continente nuevo. Íbamos a convertirnos en pioneros de la comunicación y la mayoría acabamos hechos unos piononos. El viento fue borrando la ingenuidad de cada una de nuestras facciones.
        A pesar de todo, creí que Monseñor Cardenal pondría en su sitio a la curia romana. Lo mataron antes.
       
       Llegamos demasiado pronto o demasiado tarde a casi todas las ayudas, pero aprendimos a aceptarnos con nuestras idas y venidas. Quisimos cambiar el mundo y el mundo pasó de largo. En muchos sentidos somos otra generación perdida. Creo que el término "invisible" nos define mejor. 
        Ahora, cuando ya tenemos una edad en la que hacemos nuestras apuestas con el tiempo, cuando empezamos a decir adiós a nuestros padres, cuando nuestro rostro, poco a poco nuestros labios se van desdibujando hacia abajo, los economistas amenazan con que nos jubilaremos sin un chavo. Queda comprobado que las cuentas no salen con los boomers. Por alguna razón inexplicable, los números nos guardan rencor.

miércoles, 30 de marzo de 2016

STONER: UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO



          


      
         John Williams quiso incluir como epígrafe de esta novela una frase de Ortega y Gasset: "Un héroe es alguien que quiere ser él mismo". La cita no podía ser más acertada, pues resume, sin lugar a dudas, el sentido de la historia que se cuenta. Una pena que al final ésta fuera finalmente descartada. Claro que me imagino que en el año 1965, cuando se publicó el libro, el ciudadano medio norteamericano sabría tanto del filósofo español como ahora, cuando un constructor de muros, un tal Donald Trump aspira a dirigir el país con ladrillos de odio.
          Pero en 1965, Estados Unidos vivía en medio de una agitación social y política:  Malcolm X recibía un disparo en el pecho; Martin Luther King lideraba la marcha por los derechos civiles desde Selma (Alabama); y las primeras tropas estadounidenses desembarcaban en Vietnam, lo que generó una marea de protestas en Norteamérica. Por otro lado, la literatura gozaba de una salud provocadora: Saul Bellow saboreaba las mieles del éxito de "Herzog" que permaneció cuarenta y cinco semanas en la lista de libros más vendidos del New York Times ; El vocinglero Norman Mailer hacía lo propio con "Un sueño americano", y Truman Capote cubría para The New Yorker los asesinatos de los Clutter, la familia de granjeros de un pueblecito de  Kansas, inmortalizada en su obra posterior "A sangre fría".
          No es de extrañar que en medio de tal panorama, un desconocido profesor de literatura inglesa de la Universidad de Missouri, John Williams (1923. Clarksville, Texas-1994 Fayetteville, Arkansas), le resultara difícil dar con un editor interesado en una novela como "Stoner", protagonizada por un docente universitario de una mediocre universidad del Medio Oeste. La falta de interés por el libro (rechazado en siete ocasiones) provocó que Williams tuviera ganas de arrojar la toalla. "Lo cierto es que no tengo por qué escribir novelas", llegó a comentarle a Nancy, su mujer. 

   
John Williams. Fuente: Univ. Denver
 
Cuando por fin consiguió su propósito, y alguien le comentaba que era extraordinaria, Williams, hombre de una modestia honesta siempre comentaba: "Sí, yo también lo pienso", y pasaba con rapidez a otro asunto. Y es que a John Edward Williams (nunca utilizó su segundo nombre) no le gustaba hablar de sus libros y menos, de su vida privada. Sus amigos apenas le oyeron una palabra ni de su experiencia en Asia como sargento en la II Guerra Mundial, ni de sus cuatro matrimonios.  Sus colegas le recuerdan siempre parapetado tras un whisky en un mano y un cigarrillo en la otra. Estos le fueron matando despacio, obligándole durante los últimos años de universidad a cargar una bombona de oxígeno con la que acudía a sus clases. Pese a todo, Williams no era de los que sintiera lástima de sí mismo.

          "Stoner" pasó sin pena ni gloria por las librerías. Se vendieron 200.000 ejemplares y solo fue mencionada en The New Yorker. La obra desapareció pronto de los estantes y acabó en el almacén de los libros olvidados. Pese a la escasa repercusión de esta obra, como de sus otros libros, Williams continuó escribiendo. En 1973, le fue concedido el National Book Award por "Augustus", premio que compartió ex aequo con otro de los grandes, John Barth, por su novela "Quimera".

Una de las cubiertas de la novela editada por Baile del Sol
  
          Ahora, casi cincuenta años después de su nacimiento, "Stoner" disfruta de una segunda vida muy distinta. La complicidad espontánea entre escritores, críticos y lectores, tratando de difundir esta obra una de las mejores de la literatura norteamericana del siglo XX, ha conseguido que se haya traducido en al menos 21 países. El efecto "Stoner" comenzó en Francia en 2011, después fue Holanda, donde se convirtió en el libro más leído de 2013, le siguieron Alemania, Israel e Italia. En nuestro país, gracias a Baile del Sol, la editorial canaria dirigida por Tito Expósito, los lectores podemos disfrutar de esta novela genial, traducida por Antonio Díez Fernández, y que ya va por la edición 50.

Fuente: Universidad de Arkansas.

 "Don Quijote del Medio Oeste sin su Sancho"

          Tal y como he oído decir a varias personas, la novela narra la historia de un hijo de agricultores que llega a la universidad para estudiar Agricultura y acaba convirtiéndose en un profesor de literatura sin ambición, al que no le sucede nada excepcional. Es precisamente esta vida anodina donde radica el valor de la obra. Para un escritor no hay mayor desafío que construir una trama entorno a un personaje transparente; esa clase de personas que, tanto en la ficción como en la realidad, son carne de olvido, tal y como presenta el autor a William Stoner desde la primera página:
          " Unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases… Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablan de él; para los más viejos es un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismo ni a sus carreras."
          
             John Williams consiguió escribir una gran obra en la que subyace un trabajo de observación y profundización admirables sobre la naturaleza del hombre corriente que, por un lado, se ve arrollado por unas circunstancias desafortunadas que no puede o no sabe manejar; y por otro, embargado por un amor incondicional por "la Verdad, El Bien, la Belleza" nacidos en los libros. Su refugio último: la literatura fue el asidero que nunca le ha fallado. Y ese bautismo de conversión se produjo al escuchar: "Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte/amar bien aquello que debes abandonar pronto."  El soneto 73 de Shakespeare tiene el efecto de una bofetada para nuestro protagonista. El profesor Sloane, un hombre duro, descreído y mordaz con sus alumnos, con el mundo en general, se convierte en el padre que le descubrirá la belleza de las palabras.        
          El valor de esta novela se encuentra también en la precisión de la palabra justa y precisa -algo que obsesionaba a un escritor al que no le preocupaba ser prolífico-, pero también en el poder evocador de los silencios; aquello que sus personajes callan.  Las consecuencias de las guerras, el desamor, la infidelidad, la ambición, la competencia y las envidias profesionales, la institución universitaria o la amistad, temas que no conocen las fronteras del tiempo,  conforman la biografía de William Stoner.  
          Al final, cuando el protagonista es consciente de que su vida está por concluir, se somete a esa especie de interrogatorio espiritual, brutal y sincero, donde se plantea si le ha merecido o no la pena vivir, el lector se verá abocado a hacerse la misma pregunta: "¿Qué esperabas?"
           Stoner, un "Quijote del Medio Oeste sin su Sancho", como así le describe uno de sus mejores amigos, llegará a una conclusión sorprendente, muy al hilo del soneto de Shakespeare o el pensamiento orteguiano, y que por supuesto, no voy a desvelar. "¿Qué esperabas?"



Bibliografía del autor
"Nothing but the Night" (1948)
"Butcher's Crossing" (1960)
"Stoner" (1965). Único libro editado al español y al catalán.
"Augustus" (1972)
"The Sleep of Reason" (inacabada).




domingo, 17 de agosto de 2014

APUNTES DE LORO





El loro Diógenes dice: Un hombre con carácter es un hombre lleno de prejuicios saludables.


El loro Diógenes dice: Con la edad mis antiguas convicciones han sufrido cierta descomposición química. Después, por convicción, he tirado de la cadena.


El loro Diógenes dice: Jamás en mi vida he podido acabar nada. Todo lo que hago lo vivo con la felicidad de un principio.


El loro Diógenes dice: Por cierto, ¿"en el principio fue el Verbo" o el Verbo alumbró el principio?


El loro Diógenes dice: Cada día, los gobernantes nos hacen una perfecta exhibición de su inmoralidad.


El loro Diógenes dice: ¿Libre albedrío? Señores, seamos más humildes, uno empieza y acaba el día como puede.


El loro Diógenes dice: Dos y dos son cuatro. Para unos cuantos son cinco. Para la mayoría, el resultado es siempre tres. Es lo que tienen las matemáticas...

 El loro Diógenes dice: No me mires con lástima. Tampoco yo me creo una palabra de lo que digo.

viernes, 15 de agosto de 2014

miércoles, 13 de agosto de 2014

PENSAMIENTOS DE LORO




El loro Diógenes dice: El mundo está lleno de habitaciones del odio; tantas como países; tantas como individuos.

El loro Diógenes pregunta: ¿Se puede "desnobelizar" un Premio? Yes, We can (Not)

El loro Diógenes dice: Sólo un mandamiento os doy, dijo el hijo de Yavhé: ama a tu hermano. En esto conocerán que eres hijo mío. El hijo de Yavhé fue un ingenuo.

El loro dice: Hoy nos duelen Robin Williams y Lauren Bacall,  ¿quién llora a quienes fueron enterrados sin nombre grabado sobre la lápida?

El loro Diógenes dice: El siglo XVIII fue un Big Bang, el nacimiento del espíritu europeo. Aquel prometedor siglo de las Luces ha acabado en la era de los apagones.

El loro Diógenes dice: Mientras el Gobierno de España educa a sus ciudadanos a cuidar la naturaleza, ellos plantan bombas en el mar.

El loro Diógenes dice: África se llama Ébola, Sida, medicamentos caducados, hambre, sequía, vallas de contención migratoria, ropa de segunda mano, analfabetismo, dictaduras, corrupción… Diamantes, oro, coltán… ¿A quién le importan los africanos?

El loro Diógenes dice: Busco un eurodiputado trabajando el jueves por la tarde.

El loro Diógenes pregunta: ¿La ONU? Explícame esto: ¿qué unión de naciones organiza?

viernes, 20 de junio de 2014

"MI ABUELA, MARTA RIVAS GONZÁLEZ"

El escritor y periodista chileno Rafael Gumucio (Santiago, 1970) presentó en la Casa de América de Madrid su nuevo libro de memorias: Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones UDP).Hija del político y diplomático Manuel Rivas Vicuña, y esposa del senador Rafael Agustín Gumucio, Marta Rivas González, una aristócrata de izquierdas y con una personalidad excéntrica, fue testigo de excepción de la historia de Chile durante casi un siglo. De la mano de su abuela, profesora en la Sorbona, Rafael Gumucio se estrenó en la edad adulta con botas de siete leguas. Tras el golpe de estado de Pinochet, abuela y nieto compartieron la soledad del exilio en París al abrigo de autores determinantes como Proust.Es esta una crónica familiar, escrita desde la risa, la poesía y la rabia, en la que el escritor nos descubre a una abuela que fue amiga de Marguerite Yourcenar, García Márquez o José Donoso, y a quien Cela invitó sin éxito a Mallorca.  En primera persona, Gumucio cuenta cómo fue aquella relación de amor entre nieto y abuela, y el vacío que dejó su muerte.En nuestra conversación, Rafael Gumucio habló también del futuro del periodismo, de su cátedra de Estudios humorísticos en la Universidad Diego Portales y, cómo no, de literatura.

P. Uno de los problemas primeros con los que se enfrenta un escritor es elegir un tema y unos personajes, en este libro lo has tenido fácil, estaba en tu familia…
R. Casi todos mis libros versan sobre mi vida familiar. He tenido la suerte de tener una familia muy divertida, que ha estado muy comprometida con sus circunstancias y con la vida de Chile; que además tiene un cierto gen exhibicionista que le hace contar sus cosas como si ellos esperaran que alguien las contara. He sido yo quien lo ha hecho. Cuando empecé a escribir no pensé nunca que este iba a ser mi tema. No pensé que iba a ser el cronista de mi familia, pero conforme pasan los años, la verdad es que las mejores historias son las que están cerca de mí. He tenido el raro privilegio de contar con el permiso implícito de contarla, y eso es lo que he hecho desde entonces.

P. Gracias a Marta Rivas,  el lector se acerca a la clase social a la que ella perteneció, me refiero a la aristocracia de izquierdas.
R. En Chile ese grupo social se prolongó durante muchos años en la historia. De hecho, casi todo lo que el mundo conoce de Chile nace de esa clase social. Tuvo una enorme importancia. A mí me interesó sobre todo por las contradicciones, porque mi abuela era de izquierdas en cosas que uno no se esperaba, y de derechas en cosas que tampoco esperabas. Ella tenía el ADN de ambos mundos y eso era realmente interesante porque me ahorraba construir un mar de personajes; con ella tenía todo un mundo.

P. Su abuela era una mujer de mentalidad abierta. Hoy la reconoceríamos como una feminista.
R. Genéticamente era feminista. Ella lo era sin quererlo, en un medio donde el feminismo era impensable. Pero, creo que su intento no fue liberarse sino al contrario, amarrarse, encontrar un marido y una familia en la que buscar protección. Con tan mala suerte  de encontrar un marido como mi abuelo, que en el papel representaba el conservadurismo acérrimo, pero que en la vida real se transformó en un hombre de izquierdas y para nada machista. Con el tiempo he llegado a pensar que el hombre conservador que buscaba, no se hubiera casado nunca con ella, sólo mi abuelo pudo hacerlo.
P.¿Y eso?
R. Porque ella era de las que decían a voz en cuello lo que opinaba, que era más inteligente y más culta que cualquier hombre, no estaba preparada para el matrimonio tradicional latinoamericano. Yo quise ir más allá de lo que era visible. A ella le importaban las convenciones pero nunca pudo amoldarse a ellas. En su vida tampoco tuvo ocasión de protagonizar ningún acto de rebeldía. Quiso siempre trabajar, pero no lo hubiera hecho si mi abuelo no se hubiera arruinado. No fue un acto de rebeldía o una Casa de muñecas, sino pura supervivencia.



P. Dos exilios marcaron su vida.
R. Ella vivió en total 22 años de su vida fuera de Chile, la mayoría de su infancia y adolescencia. En su primer exilio vivió dos años en Suiza porque su padre fue nombrado presidente de la Liga de las Naciones. Pero era un fuera de Chile pensando en Chile, hablando de Chile, preocupada por Chile y entre chilenos. Ella tenía un empeño en lo chileno aunque nunca se sintió cómoda en Chile.

P. Pero Marta Rivas quería morir en Chile a toda costa.
R. Deseaba morir en Chile porque no que quería que Pinochet le ganara la batalla. Decía que quería volver por el clima. Yo no creo que fuera por eso, el clima de Chile es muy malo. Seguramente era por la luz. Hay una luz en Santiago que no tiene París y que a ella le era necesario; luego estaban los afectos. Vivir en el exilio exige vivir permanentemente en un logro, no te deja vivir en la inconsciencia. Pero para nosotros, que volviera a Chile nos parecía algo ilógico porque ella era feliz en París, había conseguido una buena vida. Era muy divertido porque los rusos blancos pensaban que mi abuela era una rusa y la llamaban: Olga, Sonia…

Vivió un tiempo en el mismo hotel que el príncipe Yusipov, que fue quien envenenó a Rasputín. Yusipov, que era buen mozo y muy homosexual, tenía un novio chileno: Cuevas, Cuevitas. Un personaje divertidísimo que se fue de Chile, se convirtió en un mecenas del ballet y se casó con Margaret Rockefeller, nieta del millonario. Yusipov era su amante. Terminó siendo rico e importante, pero en Chile le siguieron llamando Cuevitas, aunque en ese momento ya era el Marqués de Cuevas.
También vivió en el mismo barrio que Marguerite Yourcenar. Ella le tenía ganas a mi abuela, le regalaba huevos pintados de Pascua. Eras amigas, pero a mi abuela que era conservadora en el fondo, le asustaba que fuera tan abiertamente lesbiana.
Mi abuela amaba la literatura y quería a los escritores pero no le gustaba el esnobismo. En cuanto un escritor famoso le hacía demasiado caso, ella se distanciaba. Le pasó con Camilo José Cela. En sus clases ella hablaba de La familia Pascual Duarte. Cela supo que una profesora de la Sorbona hablaba de su obra y la invitó a Mallorca. Mi abuela le dijo que no porque no quería ser una esnob. Me parece que hizo una tontería, quizás Cela hubiera escrito este libro y me hubiera ahorrado a mí el tiempo…

P. Ella tenía sus más y sus menos con los escritores…   
R. Normalmente los escritores son siempre arribistas, y eso era algo que mi abuela no olvidaba. Yo siempre le decía que si hubiera conocido a Proust hubieran sido amigos claro, porque tenían mucho en común, pero hubiera sido una amistad a la que mi abuela le hubiese puesto coto. Mi abuela hubiera suscrito la carta que le escribió Gide a Proust rechazando su manuscrito, donde le decía que un escritor joven no puede ser bueno si vive obsesionado con princesas y duques. Gide se arrepentiría después toda su vida, como se hubiera arrepentido mi abuela.
Entabló amistad con García Márquez, pero él se fue alejando y ella no hizo ningún esfuerzo de acercamiento. Lo mismo le ocurrió con Isabel Allende. En el fondo era una especie de timidez que la paralizaba.  De su relación con José Donoso hablo mucho en el libro, y lo pongo como ejemplo. Se conocieron cuando ambos eran muy jóvenes. Eran dos personas con gustos, fobias y aficiones en común realmente asombrosas. Lo que les distanció fue que Donoso era escritor, y tenía demasiadas ganas de ser su amigo… Y mi abuela pensó: si este tiene tantas ganas es porque está mal…


Rafael Gumucio en Casa de América. 10/06/2014.
P.Digamos que tampoco te animó a ser escritor.
R. Sí y no. Me acercó a la lectura de escritores que para mí han sido fundamentales: Proust, Chéjov, Tólstoi, Shakespeare, también Ibsen, que  leí también por ella, pero que no fue tan importante. No sólo me alentó en la lectura, sino que fomentó en mí la idea de que yo era escritor, que debía dedicarme a la literatura. Pero cuando vio que esto se hacía realidad, entonces mantuvo una posición ambivalente.

P. ¿Crees que sin la influencia de tu abuela, hubieras sido escritor de todas maneras?
R. Yo quería ser escritor antes de conocerla, pero quizás me hubiera dedicado a escribir cómics. Yo tengo primos que no tenían ningún interés por la literatura y que mi abuela adoraba. Nunca se le ocurrió fomentarle esa afición, fue algo que yo pedí y que se transformó en el eje de nuestra relación. Fui el único de sus descendientes que heredó sus tomos de Proust, un escritor fundamental en su desarrollo como persona. Pero al mismo tiempo me recordaba que yo nunca sería como Proust.

P. La relación entre ustedes dos se forjó en París. Ella necesitaba un hijo y usted un padre. ¿Cómo fue aquel exilio para ti?
R. Yo buscaba a alguien que hubiese vivido esa cosa inaudita y extraña que estábamos viviendo que era el exilio. Mi abuela era la única persona de las que me rodeaba para quien el exilio no era una novedad. Ella fue una guía.
Fue un tiempo doloroso porque en mi caso se cruzó con la separación de mis padres, la destrucción de un cierto equilibrio familiar que me influyó tanto o más que el exilio físico. Evidentemente las dos cosas juntas fue como una bomba. Yo era una persona hipersensible, que en mi caso vino acompañado de hechos externos. Ahora puedo ir al psicólogo y tener una justificación… (Ríe).  

P.¿Era París entonces una ciudad dura para un extranjero?
R. Muy dura, fría y solitaria. París no le ahorra dificultades a nadie. También hay un dato que está feo decirlo, pero nosotros nos desclasamos en París. Fuimos a vivir a una ciudad europea, importante, pero para mi familia fue una pérdida. En Chile contábamos con una red de apoyo en la que sentíamos que pasara lo que pasara no te iba a ocurrir nunca nada. Esto lo rompió primero Pinochet y luego el exilio confirmó esa sensación de que no estábamos seguros en ninguna parte.

P. Los escritores chilenos de distintas generaciones, como Alberto Fuguet, Alejandro Zambra o tú mismo, llevan la dictadura en el ADN de su escritura.
R. En los nombres que has citado cada uno lo vivió de un modo distinto: Alberto Fuguet vivió la dictadura hasta los 20-23 años. Yo la viví hasta los 18,  y Zambra hasta los 14. Pero hay un periodo del que se va a hablar con toda seguridad en la novela chilena. Yo mismo estoy escribiendo sobre la época de la transición: del 88 al 98, donde Pinochet ya estaba preso en Londres, pero su sombra era alargada.
La dictadura es un tiempo donde los países se reencuentran con sus peores y sus mejores demonios. Allende era algo que nosotros no hubiéramos querido ser, pero nunca fuimos. Pinochet fue alguien que nunca quisimos ser pero fuimos. Un dictador se parece a lo peor de su país.

P. En estas memorias hay dos voces: la voz de Marta Rivas y la tuya. Tú planteas cosas que quizás no te hubieras atrevido a decirle.
R. Estuvo demente muchos años antes de morir. Yo me había resignado a la idea de que ya no me hacía falta, que no la necesitaba. Cuando se fue, empecé a necesitarla, ajustar cuentas con ella, y sobre todo preguntarle muchas cosas sobre cómo vivir. Yo la conocí de vieja y yo aún era un niño. Nunca supe cómo vivió de los 35 hasta los 60 años, que es el tiempo en la que uno tiene hijos, casa, perro, donde se vive de una manera rutinaria. Cuando empecé a vivir ese tiempo, fue cuando comencé a hacerle esas preguntas: cómo nosotros, que éramos tan distintos por herencia histórica, que no estábamos hechos para una vida burguesa y banal podíamos construir la vida. Me hubiese sido muy útil, pero ya no estaba. De alguna manera tuve que inventarla para que me respondiera a todas estas cuestiones.  

P. ¿Crees que a Marta Rivas le hubiera gustado el libro?
R. Hay un poeta chileno muy bueno, Armando Uribe, que fue muy amigo de mi abuela, y a quien yo le di a leer el manuscrito.  Él me dijo: tu abuela hubiera odiado tu libro y a la vez hubiera sentido mucho orgullo. Habría detestado que hubieras sido capaz de escribirlo y habría adorado que lo hubieras hecho. No sé si se entiende la contradicción.

P. ¿Ha sido una manera de enterrarla?
R. Sí. Entre su muerte y la novela escribí una obra de teatro que estaba basada en ella y que protagonizó una actriz que se le parece mucho, Delfina Guzmán. Con esa obra pensé que de alguna manera había logrado resucitarla, pero cuando se publicó este libro, mi abuela ya no estaba.


Rafael Gumucio en Madrid (12/06/2014)

P. Colaboras con diversos periódicos. En tu caso, ¿trazas una línea entre el escritor y el periodista?

R. Yo nunca he pretendido ser periodista. Escribo como un escritor que se amolda al formato y a las necesidades editoriales del diario. Mis columnas son de opinión, cultura, literatura, política y sociedad; también hago entrevistas.

P. ¿Cómo ves el oficio de periodista en el mundo actual?
R. Hay una inflación del periodismo, lo mismo que pasa con la democracia porque ambos están relacionados. El poder opinar desde tu móvil parece democrático pero no es democracia. La democracia también supone someterse a un orden. El periodismo es el derecho a opinar de una sociedad a través de un periódico, pero no es lo mismo a que todos los ciudadanos griten al mismo tiempo.
El periodismo y la literatura sobrevivirán, pero creo que acabará con los profesionales que tienen este oficio como forma de subsistencia. 
Se perderá parte de la historia, la diversidad de voces, se convertirá en un periodismo previsible donde lo más importante serán las firmas.

P. Háblame de tu faceta como director de Estudios humorísticos en la Universidad Diego Portales. 
R. Es un curso complementario en la Escuela de Periodismo en la universidad, donde enseñamos maneras de hacer humor aplicado en su trabajo. Organizamos también actividades donde explicamos el tipo de humor que se hace en Chile.

P.Viviste en Madrid, después en Barcelona. El atractivo de España para los escritores hispanoamericanos se prolongó más allá del Boom.
R. Cuando vine, el centro de la cultura en castellano era España, ya no lo es. Vinimos a España y fue una época gloriosa. Lamento mucho que después, con la crisis, los destinos se hayan alejado tanto. Un chileno conoce a muy pocos escritores españoles, y un español le pasa lo mismo con los escritores chilenos, y es una pena.


"Non verbum pro verbo necesse habui reddere; sed genus omnium verborum vinque servavi."