martes, 31 de marzo de 2015

LA MÚSICA Y LAS PALABRAS






Como todos los días, me hallaba escribiendo en mi cuarto. El personaje de mi relato buscaba quitarse la vida desde un edificio de doce plantas. En esto, mi marido llegó del banco, como siempre a las tres de la tarde. Se apostó en el vano de la puerta y me dijo: "Cariño, hoy he estado pensando en ti".
 EL protagonista de mi novela estaba en un momento crítico, dudaba qué hacer, si lanzarse al vacío o esperar al día siguiente, quizás las cosas pasaran del negro al gris oscuro. Cualquiera hubiera entendido que la situación me tenía absorta, pero mi marido buscaba un minuto de protagonismo e insistió en repetirme de nuevo la misma frase:
―Decía que hoy he estado pensando en ti.
Vaya, eso es una novedad" le dije como quien oye llover.
―Me preguntaba qué tendrá de maravilloso escribir si te pasas doce horas pegada al asiento. Me preguntaba por qué escribes…
Yo oía su voz como un eco lejano, pero entendí perfectamente de lo que me hablaba. El personaje me preguntó: "Bueno, qué, ¿me tiro o vas a contestar a ese?"
Una debe transigir de vez en cuando, así que me decidí por contestar al ser vivo que a estas alturas de nuestra relación me había hecho una pregunta propia de un personaje de ficción llamado Perogrullo, y le respondí:
Escribir es lo único que sé hacer.
Mujer, después de quince años de matrimonio… eso es algo que ya sabía…dijo en tono burlón.
No soy rencorosa… pero sus palabras me cruzaron de arriba abajo como un rayo. Ese al mediodía no cociné para dos, y al mes siguiente solicité el divorcio. "Sin acritud", le dije. "Después de tantos años juntos, ya sabes que no sé hacer nada mejor…"  

Todo lo que he contado hasta ahora es falso, puro cuento, una mentira, que encierra algunas que otras verdades en su interior.
Escribo porque no sé hacer otra cosa y con el tiempo he convertido en un oficio esta pasión. La padezco, la adoro y la necesito para sentirme viva.  Pero antes, antes de la escritura fueron los libros y previo a los libros: las palabras. Ellas son mi casa, la tierra donde piso, el techo que me cobija, mi alimento y mi soporte.
Será porque no he madurado y sigo creyendo en ellas, será porque continúo siendo la niña de tres años que se escapaba a la clase de los mayores, en la guardería del Barrio de Vegueta porque quería aprender las letras. Letras que parecían mágicas, puertas nuevas que se abrían, cuando a esa edad, cualquiera de nosotros estábamos aprehendiendo, estrenando el mundo con todos nuestros sentidos. Letras que unidas por un vínculo misterioso de grafo y sonido ponían nombre a mi nombre, y nombraron a mi madre, y a mi padre; mis primeros descubrimientos. Después vendría la palabra hermano, la palabra flor, y la palabra escalera. Las palabras de mi hogar: casa, tina, cama, mesa, gofio, azotea y zaguán.

Cada espacio tenía sus palabras asociadas. Allí estaba yo en la Plaza de Santa Ana, con su catedral, sobre cualquiera de los perros, volando hasta sus espadañas. En esa plaza descubrí la palabra jugar, el millo, la paloma, el trompo, la soga y el elástico. Allí me enamoré por primera vez de un niño, y conocí lo que eran las rodillas desolladas por la prisa del juego.
El mundo sensorial se llenó de palabras. Cada nuevo día me regalaba diferentes vocablos que, como los cromos, yo iba reuniendo en un álbum secreto. Supe lo que era la palabra canción y la palabra música. Mi madre cantaba folías y sandungas; mi padre oía a Mozart y a los Beatles. Entonces descubrí la alpispa y la palabra yellow.
Yellow como el verano en el que Eva María se marchó a buscar el Sol en la playa. El verano era la explosión de un diccionario distinto, desnudo, con sabor a helado, donde las horas eran elásticas. El aire salitrado en los labios, las montañas-dinosaurios de Fuerteventura, la bicicleta, los caminos sembrados de baches, los higos robados, los amigos de ese tiempo, la arena que llegaba del Sáhara…, y por encima de todo, el mar donde flotaba una isla misteriosa que se parece al dibujo de la serpiente boa que se tragó un elefante en "El Principito". La isla de Lobos.
El paraíso desapareció, en su lugar existe un parque temático para los turistas. Aquellas cuatro casas de pescadores se han convertido en un gran centro comercial. Pero yo escribo para mantener viva la memoria. Escribir es grabar recuerdos, que el tiempo no los oxide, no los borre, no los fulmine.
Nosotros éramos esos Principitos para quienes el mundo se abría entonces como un gran libro contenedor de todos los olores y sabores agradables o tristes del mundo. Pero ese libro ustedes también lo conocen, seguro que tienen uno propio, quizás ahora cada uno esté repasando aquel primer diccionario. Cuando probamos la manzana del árbol, fuimos conscientes de que existíamos gracias a las palabras que nos decían y que nosotros pronunciábamos porque teníamos sed, hambre, éramos felices o teníamos frío.
Esa música de fondo no ha desaparecido de la literatura que escribo, porque esa música es la que acompañó a mi infancia en esta isla, territorio intocado que preservo con uñas y dientes, porque aquí, en esta isla, conocí la palabra felicidad.
A los diez años me arrancaron de raíz y me trasplantaron de lugar. Me sentí huérfana, sin colegio, sin amigos, el pequeño universo de los niños. Me di de bruces, entonces, con dos experiencias distintas: el viaje y la soledad. Busqué defenderme de la pérdida. Mientras iba dejando atrás la infancia, yo me escondí detrás de los libros. Se abrieron entonces otros ventanales que me dieron la posibilidad de ver aún más lejos: Hitler robaba un conejo rosa y los Cinco investigaban un nuevo caso subidos a un árbol y festejaban la resolución del misterio comiendo galletas de jengibre. Hubo muchos libros en ese exilio interior. Debo agradecérselo a mis padres, ellos son grandes lectores.  Pero ocurrió algo que no pudieron prever: enfermé de lecturatitis. Leía cuanto caía entre mis manos: tebeos, prospectos, etiquetas de envasados, tickets, anuncios publicitarios, revistas de figurines, hasta los chistes malos que venían con el chicle Bazooka.
Mis padres no tenían presupuesto para calmar mi voracidad lectora, por lo que aprendí a releer los libros que ya tenía. A esa edad se despertaron mis gustos literarios, odiaba al pollino de Juan Ramón tanto como Los Hollister, la versión americana de los Cinco pero con menos intriga. Me aburrían las aventuras del visionario Julio Verne, tampoco los cuentos de Perrault.  Cuánto daño infligieron Perrault y Los hermanos Grimm a nuestra generación… Sus historias nos robaron la felicidad demasiado pronto. Luego vendría la adultez, que rima con estupidez, memez o insensatez, que trae en el saco tantas desgracias como las que sufrieron Hansel y Gretel.  Y es que la vida adulta se empeña a diario en quebrarnos la sonrisa, y lo consigue con facilidad. Solo cuando tenemos el rabo de la muerte merodeando cerca, ansiamos  recuperar esa felicidad, que hemos manoseado hasta convertirla en una palabra vulgar, en un derecho más que un privilegio. Si viviéramos menos que una mosca veríamos la vida con una perspectiva distinta. En mi último libro, Puro cuento, aún invisible en las librerías, incluí el siguiente relato como colofón.
          La vida es una gran bola de mierda se quejó un escarabajo que con mucho esfuerzo se afanaba en hacer rodar su tesoro.
          ¿Vos no sos un Pelotudo? ¡Ché! ¡Entonces, no jodás! ¿Y, qué me decís de lo rica que está? dijo la mosca.
Ustedes mismos sacarán sus conclusiones.
Sí se puede, como gritan algunos, recuperar la sonrisa, aunque haya días en los que haya que pintársela como los payasos.


Pero hablaba de la lectura, de los libros de papel, que huelen, que se subrayan, que se extravían, que se regalan, con los que se liga, y mucho además, como ustedes saben. Los libros hablan sobre nosotros, mejor dicho, sobre nuestro interior.
Una vez escuché una historia conmovedora que algún día convertiré en relato. Un amigo me contó que a los trece años se enamoró perdidamente de una niña de su clase. Era muy tímido, así que las ocasiones para acercarse a su compañera eran nulas.
Cuando salían del colegio, él se desviaba del camino a casa y corría dos manzanas solo para verla pasar. Una tarde, se dio cuenta que la niña de sus ojos llevaba entre los libros escolares una novela titulada El guardián entre el centeno.
A él no le gustaba leer en absoluto, y desde luego de aquel libro no sabía nada. Regresó deprisa a su casa, le pidió dinero a su madre. Para comprar un libro, le dijo. Su madre casi se desmaya de la alegría y por supuesto, no dudó en sacar el monedero.
Mi amigo se pasó la noche en vela, leyendo el librito de Salinger, subrayó frases, e hizo anotaciones de pensamientos que se le ocurrían. Por primera vez, gracias al amor, había descubierto el placer que provoca un buen libro.
A la mañana siguiente, cogió la novela, forzó el lomo del libro, arrancó un par de cuadernillos y dobló la cubierta hasta dejarle una arruga bien visible, y se lo llevó al colegio. Las horas de clase fueron las horas más lentas de su vida pero afortunadamente, a las cinco y media, mi amigo corrió como siempre las dos manzanas acostumbradas. Cuando ella llegó al punto del camino donde él solía esperarla, mi amigo se hizo el encontradizo y dejó caer al suelo, como por descuido, la novela de Salinger. Su compañera se agachó a recoger el libro descuajaringado. Cuál fue su sorpresa…Aquel chico tan tímido, con el que hasta entonces no había mediado palabra también leía El guardián entre el centeno. Entonces, ella emocionada por la sorpresa y por la casualidad le preguntó: ¿Te está gustando? A mí, muchísimo. Y el pícaro de mi amigo le contestó: Oh, lo he leído muchísimas veces. Es uno de mis libros favoritos…
El resto de la historia la dejo a vuestra imaginación.
   


Y vuelvo a mi experiencia lectora. Ocurrió algo que cambió mis lecturas poco ambiciosas literariamente. En la librería, donde habitualmente mi madre me compraba los lotes de libros para el verano, se deslizó de manera misteriosa una novela para adultos. Créanme, es el único libro del que no me he deshecho porque representa el comienzo de una etapa distinta. Entonces tenía 11 años. La novela en cuestión era Desde el jardín del americano de origen polaco Jerzy Kosinski. Quizás no les diga nada, pero si les hablo de la película Bienvenido Mr. Chance, protagonizada por Peter Sellers… quizás sepan de lo que hablo. El protagonista de la novela es un jardinero que padece cierta discapacidad intelectual y que nunca ha salido de la mansión en la que trabaja. Cuando no está ocupándose del jardín, está pegado al televisor. Gracias a la televisión comienza a aprender frases que le llaman la atención aunque es incapaz de comprender exactamente lo que estas significan. Cuando muere el dueño de la casa, el jardinero se ve obligado a abandonar lo que hasta entonces ha sido su hogar. Sale de la jaula como un inocente pajarillo y es atropellado por un vehículo que pertenece a una mujer de la alta sociedad neoyorkina quien enseguida socorre al protagonista y lo aloja en su casa. Chance es un hombre desorientado, suelta frases sin sentido, aquellas palabras que escuchó tantos años en el televisor. Lo paradójico es que Chance poco a poco empieza a ser un hombre respetado en círculos influyentes por la profundidad de sus frases. Como ya pueden haber deducido la novela es una crítica a la superficialidad del mundo moderno.
Ese libro de Kosinsky supuso un quiebro radical en mis lecturas. Después de aquel primero libro iniciático, por la puerta entraron en tropel Sábato, Dostoievsky, Flaubert, Patrick Süskind, Camus, Pérez Galdós, Valle Inclán, Unamuno o Pío Baroja. Los libros que leían mis padres, los heredaba yo. Algunos me fueron imposibles. Recuerdo que Rayuela o Cien Años de Soledad se me resistieron, el estilo y el vocabulario eran muy difíciles para mí. Desde entonces, he continuado leyendo. Soy rara en mis gustos, me gusta explorar autores desconocidos, fuera del circuito habitual de las grandes ventas. Me interesa la literatura de pequeñas historias personales, como las películas de autor. La literatura está llena de hombres, pero también de mujeres interesantes. Cito algunos nombres: Anna Ajmátova y Marina Tsvetáeva, ambas poetas de la edad de plata de la literatura rusa; Doris Lessing, Clarice Lispector, Grace Paley, Virginia Wolf, Margaret Atwood o Elfriede Jelinek.
Lo que nunca pude imaginar es que las editoriales me pagaran por leer manuscritos. Y aunque todavía, he de confesar, no he tenido la suerte de toparme con un genio de la literatura en mi oficio de lector, respeto el esfuerzo y el amor que pone la persona que se aventura a escribir una novela.  Escribir no es un oficio fácil. Tener una historia que contar es más complicado de lo que piensan los que no conocen el oficio. Todo tiene que sonar a verdad en las páginas, aunque sea una mentira bien construida y honesta. A mi juicio no hay nada peor que ser un escritor deshonesto. Todo suena impostado, artificial, un batiburrillo de frases maquilladas pero vacías. Los personajes son también de carne y hueso como nosotros, y las palabras que salen de sus bocas tienen que ser las únicas posibles en esas circunstancias. Es muy difícil escribir diálogos. Es difícil tener un estilo que se metamorfosee según la historia que se cuenta. Es difícil ponerse del lado del lector. Cuando escribo me gusta partir de un hecho concreto de la realidad, es una material espléndido para convertir en literatura. Pero contar las cosas como son resulta aburrido, hay que darles la vuelta como a un calcetín, o exagerarlas en diferentes espejos hasta que lo absurdo produzca dolor o risa. Yo no sé escribir de otra manera, no tengo imaginación para inventar mundos marcianos, lejanos y exóticos. Lo cotidiano es una mina. Hace poco, iba en el tranvía de Santa Cruz a la ciudad de La Laguna. Junto a mí una niña, más o menos de cinco años le pregunta a su madre: ¿Mamá, tú qué quieres ser cuando seas mayor? La madre, sabia como son las madres quiso mantener el tono imaginativo de la conversación con su hija y le respondió: Yo de mayor quiero ser lo mismo que tú. La hija enseguida gritó entusiasmada: ¡Entonces, tú y yo seremos astonautas!


Tanto en mis cuentos, como en mi hasta ahora única novela: "La isla de las palabras desordenadas", integro situaciones que me son conocidas, porque las he experimentado o las he conocido por medio de otras personas. Yo tomo esa realidad y como un rumiante las deshago, las destripo, las analizo, las trago y las regurgito para masticar de nuevo el bolo y llevarlo más tarde al papel. Siempre busco las palabras que en dos segundos puedan suscitar una emoción que el lector debe completar o rumiar como yo. A veces busco palabras para provocar silencios. 
Mi prosa es poética, sin la poesía no concibo la literatura. La poesía es un dardo envenenado que hiere con brutalidad, sin contemplaciones, sacudiéndonos el polvo de la indiferencia. Hay que conmover a la persona que nos va leer, moverla hacia la risa, hacia la nostalgia, hacia la tristeza, la rabia o el amor. Hay que zarandear, herir de pasión al lector, como si fuéramos una marea que deja en su playa palabras con eco. El escritor escribe porque quiere comprender lo que no entiende. Yo escribo sobre realidades que me han herido de felicidad o de todo lo contrario, necesito tocarlas, fotografiarlas de cerca con palabras y contársela a otros. Pero escribimos también para otros, porque en definitiva no somos más que escritores de cartas, intentando llegar al lector por el túnel de los sentimientos. Escribimos para componer nuestra propia música, para que nadie nos dicte el ritmo de nuestra respiración.

Hace ya algunos años, tuve la oportunidad de entrevistar a Guillermo Cabrera Infante, uno de los mejores escritores de las letras cubanas. En un momento de aquella conversación, le pregunté cuál sería la novela por la que le gustaría ser recordado, y él me dijo: “me gustaría que me recordaran por la música que hay en mis palabras.” Cabrera Infante lo consiguió, compuso la música de la Cuba después de la Revolución, como García Márquez compuso Macondo, Cortázar compuso jazz con Rayuela y Pérez Galdós compuso el ambiente gris del Madrid de cesantes, ministerios, el olor a rancio de las casas de huéspedes y la miseria que se vivía a finales del XIX en la capital.  
Las palabras adquieren vida propia, componen melodías, partituras que purgan la memoria y el alma. Nacen con la urgencia de los sentimientos, a la velocidad con que los dedos arrancan los sonidos de las teclas de un piano. Su música es el reflejo de una pasión: vivir historias ajenas en una única existencia.
El escritor es el humilde escribano que trama mentiras verosímiles con las que pretende contagiar a sus lectores. La realidad es su paisaje; las palabras, la banda sonora que flota alrededor del universo.
Los escritores somos seres insanos, dementes, obsesivos, solitarios, exilados en una isla imaginaria, vivimos en compañía de personajes irreales.
En la anarquía de las horas, encerrados en un cuarto, marginados del mundo, los fantasmas susurran a nuestro oído melodías mágicas, bajo ese rumor nos dejamos seducir: música pura. A eso se refería el autor de Tres tristes tigres, algo que yo descubriría más tarde, cuando me decidí a componer.

Texto leído el 26 de marzo de 2015 
en la Casa-museo Pérez Galdós de
las Palmas de Gran Canaria. 

martes, 6 de enero de 2015

EDUARDO MARGARETTO SOBRE: "JOHN FANTE, VIDAS Y OBRA. COMO UN SONETO SIN ESTRAMBOTE"


Eduardo Margaretto 





Esta es una biografía escrita con el corazón en la mano. Refleja el amor  de un autor madurado bajo el sol italiano de John Fante. Un libro construido a fuego lento. 20 años; casi nada.

            ―¿Sabes lo mejor de esta biografía, Eduardo? Que después de leerla y de acercarse a este escritor de tu mano, te dan ganas de leerlo.. Gracias.

            ―A este respecto soy yo el que debe agradecerte a ti el interés que has mostrado por mi libro y ahora por Fante. Imagínate que alguien, yo en este caso, lleva más de veinte años queriéndole gritar a todo aquel con el que se cruza que sí existe un escritor muy bueno... que se llama Fante... que da igual que no hayas oído nunca su nombre... que no importa que salga o no en la tele... Y ahora que he conseguido escribir este libro tú y otros me dais las gracias por descubrir a un gran escritor... ¡Todo maravillosamente fantiano!



P. ¿Cuándo y cómo descubriste en tu vida a John Fante?
R. Hace muchos años, bastante antes de la irrupción de Internet, se decía, y yo estoy de acuerdo, que al escritor italoamericano sólo se llegaba porque te lo aconsejaba un amigo o porque te creías a Bukowski, que en el libro Mujeres lo citaba como su gran influencia. Yo soy de este último grupo: me fui a buscar sus libros en cuanto leí  Mujeres, pero la sorpresa fue que nadie sabía nada de él y que sus libros no existían en ningún catálogo. Un día encontré uno de sus libros (La cofradía de la uva-Ultramar literaria, 1990) y ya no me separé de Fante. Por supuesto, o por desgracia, Anagrama todavía no había publicado nada suyo.

P. ¿Cuáles son las características que definen a Eduardo Margaretto como un "fantiano"?
Sin duda son muchas: esa italianidad que yo viví de niño en España, porque mi abuela nació en Nápoles y mi madre en Sicilia. En nuestro país prácticamente nadie conocía el pesto o la polenta, pero mi casa, cada domingo, se convertía en un festival de olores italianos y mediterráneos cuando mi abuela, la nonna a la que he dedicado mi libro, empezaba a cocinar panzerotti, preziosini, minestrone, raviolis o crostate. Recuerdo con hermosa nostalgia los enfados de mi padre: “¿Es que no puedo ni comer pasta cuatro veces a la semana?”. Pura y fantiana italianidad.

Editorial ALREVÉS, 2014.


P. ¿Cómo surgió en ti la necesidad de escribir este libro?
No lo sé. Quizás los libros de Fante me contagiaron esos deseos de ser escritor que tanto le caracterizan. Y que mejor manera que escribir sobre él.


P. En España, Fante no es tan conocido en España, mientras que en Francia y por supuesto Italia, es uno de los escritores más leídos.
Es una pregunta difícil de contestar que he comentado con muchos colegas, ya sean escritores, traductores, profesores, periodistas o incluso lectores. Mi idea, muy sencilla, resulta también deprimente: en nuestro país no existe esa cultura de la Cultura que en Alemania, Francia, Italia o los países nórdicos está ya muy arraigada y que no consiste en nada más que en transmitir a los niños (y por supuesto a los adultos) los beneficios intelectuales y plásticos, pero también prácticos y sociales, de cualquier disciplina artística. Un ejemplo muy clarificador es la música: en los países mencionados es asignatura importante desde los primeros años de escuela, mientras que en España... ¡para qué hablar!

P. Tu libro es un excelente ejercicio de documentación, bien estructurado, con un estilo que no hace decaer el interés por el escritor italoamericano, un libro cercano, claro, directo, sin el tono dogmático de las biografías. Tiene capítulos que rozan el ensayo, y otras veces te involucras, cuentas experiencias personales relacionadas con Fante y con tus raíces italianas… ¿Cómo fuiste enhebrando este libro?
Me gusta que me hagas esta pregunta porque desde siempre, desde que decidí que algún día escribiría 'las vidas' de Fante me convencí de que no tenía que ser una biografía, ni un ensayo, ni una novela, ni un tratado académico... sino todo eso junto. Te aseguro que me costó muchos años encontrar el modo en que fundir todos esos planos de escritura, y de lectura, a los que siempre quise añadir mis experiencias personales relacionadas con Fante, que son muchas y que en el libro se pueden descubrir. Si lo he conseguido o no, será el lector quien lo determine.

P. A propósito, ¿Por qué este título?
Fante es un tipo, un escritor, que pensaba cada una de las palabras que escribía, y en los títulos se esmeraba aún más... ¡y si no que se lo pregunten a los traductores! (Sólo en España, de su libro The Brotherhood of the Grape existen tres traducciones editadas con títulos diferentes!)
Yo no quise ser menos y pensé mucho en el título. La primera intención fue tratar de transmitir, con esa transgresión de la lógica del singular y el plural ('vidas y obra' en lugar de 'vida y obras'), que Fante en su obra no sólo se escribió a sí mismo, sino a sus otros muchos yoes. Además, el subtítulo, que se me ocurrió a partir de una frase que leí en uno de sus libros ('garabateados cual sonetos con estrambote'), trata de referirse a esa poética que envuelve a esos grandes escritores cuyo reconocimiento llega siempre a deshora, pues nunca puede existir un soneto sin estrambote, y eso es algo muy triste (el soneto, o es soneto o es soneto con estrambote!!!).


P. Pasemos a las entrañas. Me gustaría que me contaras cómo descubre Fante su vocación.
Aunque parezca extraño creo que es algo sencillo de explicar y entender. Nacido en una familia pobre y marcado por ser hijo de emigrantes, es decir distinto, Fante descubre muy pronto, por supuesto porque posee una sensibilidad también diferente, que para escapar de la marginalidad, de la miseria, debe encontrar caminos distintos, alejados de lo que se espera de él, es decir, que continúe la tradición familiar de convertirse en albañil. Cuando aún es un adolescente se convence de que debe convertirse en jugador profesional de béisbol para conseguir dinero, fama y reconocimiento, pero en cuanto en una biblioteca empieza a leer a los grandes, a Nietzsche, Schopenhauer, Dostoievski, Anderson o Keats, entre muchos otros, su vida cambia por completo: deja la casa familiar de Boulder, Colorado, y se marcha a Los Ángeles para convertirse en escritor.

P. Un hombre con un coraje extraordinario cuando tiene que enfrentarse a la enfermedad.
Yo creo que en un principio lo hizo como lo hacemos todos, es decir, tratando de olvidarla en tu vida diaria, incluso en tu vida nocturna, pero controlando que no te afecte demasiado. Cuando la grave forma de diabetes que sufrió empieza a causarle problemas serios, como dolorosas úlceras en los pies, la cosa cambia. Y entonces, cuando llega la ceguera y la amputación de las dos piernas, se aferra a su espíritu de escritor y le dicta a su mujer esa maravillosa despedida de Arturo Bandini: Sueños de Bunker Hill.

P. Lo explicas muy bien en tu libro, pero me gustaría que marcases el mapa topográfico de la literatura de Fante.
Puede resultar interesante, a este respecto, analizar con necesaria brevedad a sus tres alter egos principales: Jimmy Toscana, Arturo Bandini y Henry Molise. Toscana, protagonista de sus primeros relatos, publicados en su mayoría en la prestigiosa revista The American Mercury, es un chaval que se encara, con las típicas pillerías y travesuras de niño, a una férrea educación católica,  a un padre embrutecido por el alcohol y las deudas y a una vida repleta de grandes restricciones debidas a la pobreza. Pero muy pronto, Fante crece como escritor y se da cuenta de que no está buscando un 'protagonista', sino un lugar donde asentarse para analizarse a sí mismo, para narrar su vida y todo lo que le rodea. Es entonces cuando nace Arturo Bandini que, por supuesto, tiene que ser hijo de una pobre familia de inmigrantes italianos, desear por encima de todo convertirse en escritor y codearse con los grandes. Años más tarde nos encontramos con Henry Molise, que por supuesto es también Fante, pero que por supuesto no podía ser Bandini, porque Molise es el alter ego que el escritor de Denver se inventa para poner por escrito las contradicciones de un famoso guionista de Hollywood que odia la profesión que le ha hecho millonario porque desearía dedicarse sólo a la literatura, que ha perdido esa rebelde y violenta altanería que caracteriza a Bandini y que ya no odia sus orígenes italianos, sino que encuentra en ellos, con una nostalgia muy mediterránea, su razón de ser.

 
John Fante.



P. Leyendo la biografía que has escrito lo que uno deduce rápidamente es que Fante fue un corredor de fondo.
Sí, siempre me gusta decir que John Fante era escritor desde que se levantaba hasta que se iba a dormir. Era escritor las 24 horas del día, era su manera de estar en la vida y en eso no cedía ni un solo milímetro ante nada ni ante nadie. Hoy día yo echo de menos ese tipo de actitud, la misma que tenía, por ejemplo, Ortega y Gasset, o Pasolini cuando se responsabiliza de su tarea de intelectual y escribe el famoso 'Yo sé'. Ahora cualquiera escribe un libro, lo difícil es 'ser escritor', y Fante lo es... da igual si tiene que ganarse un plato de garbanzos trabajando de albañil o escribiendo guiones en Hollywood, él es escritor cada minuto de su vida.

P. Años 30. Pertenece a una generación de escritores brutales como Faulkner, Steinbeck, Fitzgerald, Hemingway, John Dos Passos.
Su imaginario literario con raíces italianas, ¿crees que fue un hándicap para que no triunfara como los otros, o fue su dedicación como guionista de cine, más intensa y longeva que el resto de los escritores que trabajaron en el cine lo que le impidió esa fama?
Es una cuestión interesante porque, por ejemplo, el año en que Fante publica Pregúntale al polvo, considerado por muchos su mejor libro, aparecen también Las uvas de la ira, de Steinbeck, El día de la langosta, de Nathanael West, o El sueño eterno de Raymond Chandler. Además es la época de apogeo de otros grandes nombres como Hemingway, Fitzgerald o Huxley. Sin embargo, yo no creo que eso tenga que ser un handicap. Mi hipótesis, pensando por ejemplo en Las uvas de la ira, y en la que se ha dado en llamar literatura proletaria, es que ésta incidía en las desigualdades sociales provocadas por la Gran Depresión pero siempre desde el punto de vista del burgués progresista americano. Dicho de otro modo, eran novelas que se acomodaban al pensamiento único de quien tenía un cierto poder adquisitivo, que no olvidemos que en esa época eran los pocos que leían y compraban libros. Fante va más allá, Fante destruye la hipocresía de todos: la de los políticos que no hacen más que cuidar de los poderosos monopolios, la de los burgueses lectores a quienes acusa de ser hipócritas bienpensantes e incluso la de las clases más bajas a las que recrimina con virulencia que sólo deseen ser como los ricos para escapar de la pobreza y repetir los típicos esquemas represivos. Claro... ¿quién coño quería en ese momento plantearse esas cuestiones, asumir esas culpas, esas responsabilidades?

P. ¿Qué sería Fante sin el cine?
Con tu permiso a esta pregunta responderé de manera muy escueta. Fante sería el mismo con o sin el cine. Estoy totalmente convencido de que su obra literaria hubiese sido la misma si para pagar una casa y mantener a su familia se hubiese tenido que dedicar a talar árboles o a jugar a béisbol.

P. ¿Crees que Fante fue un tipo al que no la acompañó la suerte?
No sé, no hay que olvidar que cuando tiene poco más de veinte años empieza a publicar sus primeros relatos en una de las más prestigiosas revistas literarias de los Estados Unidos y que eso le proporciona buenas dosis de fama, y que a los treinta ya le han publicado dos libros de los que aún hoy se pueden leer muy buenas críticas publicadas en las principales cabeceras de la época... es cierto, le rechazaron su primera novela que, como otros libros que escribió en edad adulta, se publicaron póstumos, pero... ¿no forma parte eso de la historia de la buena literatura? Si yo te contara todo lo que he tenido que hacer para ver publicado este libro...

P. De todo lo que has descubierto a lo largo de estos 20 años ¿Qué te ha regalado este autor?
Bukowski dijo: la emoción que desprende ese escritor; el cineasta Edward Dmytryck: nadie como él sabía dar auténtica vida a sus personajes; el profesor universitario Richard Collins destaca su maestría en los diálogos; su hijo, Dan Fante, confesó en un poema que lo más grande que le había dejado su padre era su puro corazón de escritor... ¿qué puedo decir yo? Me siento a solas cuando anochece, cojo uno cualquiera de sus libros, lo abro... ¡y me siento bien!

P. Gracias a los testimonios directos de sus hijos, y de su esposa, se ve que John era intratable. El más crítico es Dan, el segundo y también escritor, que escribió una novela en la que cuenta esa relación. Al final Dan con John, reproduce la misma relación de odio/amor que tenía John Fante con su padre italiano.
Sí, puede parecer una contradicción, pero sinceramente creo que es un fenómeno muy latino, o incluso muy del ser humano. Con el tiempo las personas nos vamos encontrando a nosotras mismas, que en el fondo es encontrarnos con lo que somos, con nuestros orígenes. La grandeza literaria de Fante es que no rehúye la cuestión, más bien al contrario, no para de meter el dedo en la llaga, tanto para analizarse a sí mismo como hijo, para narrar la brutalidad de su padre, para explicar su fracaso como padre, para ahuyentar los demonios que le invaden cuando piensa que sus hijos son unos fracasados.... en el fondo, ¿no nos ha pasado a todos? Pura vida fantiana, gran literatura.


P. Fante no hubiera aguantado los embates de la vida sin su mujer, Joyce. ¿Estás de acuerdo?
Esta es una cuestión que siempre levantó algunas ampollas porque algunos 'expertos' se preguntaron en su época si el hecho de casarse y tener familia numerosa fue un obstáculo para su carrera. Es una auténtica idiotez. Yo estoy de acuerdo con Joyce cuando dice que no hay más que pensar que sus libros, y sobre todo los primeros, Espera a la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo, John Fante los escribe cuando ya se ha casado con Joyce y no cuando vive su vida de vagabundeo en Los Ángeles. Quizás sería más interesante preguntarse porque Joyce Smart, una de las primeras mujeres que se licenció en la Universidad de Stanford, dejó de lado una prometedora carrera como poeta para 'cuidar' la escritura de su marido.




viernes, 19 de diciembre de 2014

BUNIN V. GORKY AND STALIN: DID THE NOBEL FAMILY INFLUENCE THE CHOICE?

On 10 December, the anniversary of Alfred Nobel’s death, Stockholm and Oslo become the world’s most important scientific and literary stages.  This year, it will be 81 years since the first award of Nobel Prize for Literature to a Russian, Ivan Bunin (1870-1953) – also, and not incidentally, the first writer in exile to receive the award.


Ivan Bunin, 1937.

Little has been written about the support for the Nobel Literature Prize that Ivan Bunin received from Emanuel Nobel, the founder’s nephew, despite the award’s rules excluding family intervention.  Was this revenge for the Bolshevik despoliation of the riches of the Nobel family?

The important chapter that Alfred Nobel and his family wrote in Russian history is not well known. The head of the family, Immanuel Nobel, had moved from Sweden to Saint Petersburg in 1838. With his three sons, Robert, Ludwig and Alfred (the inventor of dynamite) accomplished astonishing work in developing the Russian oil industry. One of Ludwig's sons, Emanuel Nobel, managed the family’s Russian oil business – Branobel, the world’s largest at the time - for 30 years. His sister, Marta, married the Russian doctor George Oleinikoff.

By 1916, the ‘Russian Rockefellers’ owned, controlled, or had substantial interest in companies producing a third of all Russian crude oil, which provided almost two-thirds of the country’s domestic consumption.

But two years later, when the Bolshevik Revolution triumphed,  Emanuel had to flee Russia disguised as a peasant, while his two brothers were imprisoned by the Cheka secret police. The Nobel empire vanished overnight as the refinery fires were extinguished, hundreds of wells were filled with water and the factories in St. Petersburg closed down.

In exile for the next ten years, first in Paris and then in Stockholm, the Nobel family fought to recover what had been seized by the Bolsheviks until they gradually realized it could never be possible.
Since then the Nobel family, Emanuel Nobel above all, became dedicated to fulfilling the will and testament of Alfred Nobel to establish the famous Nobel Prizes.

Thus the scene was set for the intrigue that developed over many years around the Nobel Prize for Literature that confronted two polarized groups: those in favour of Stalin’s favourite Gorky, who had remained in the Soviet Union after the Bolshevik Revolution, and those in favour of the émigré "white" writer, Ivan A. Bunin, who fled Russia to France in 1921.

At the end of 20s and the beginning of the 30s, Western authors were engaged in a war of words to see which Russian writer would be first to get the Nobel Prize. The rupture (for a conflict of egos, but also for political views) between Gorky and Bunin, friends in other times, was well known.

Gorky had an international reputation and was supported by influential personalities in the literary world, among them Rolland Romain, George Bernard Shaw, Malraux, Gide,  H. G. Wells, Stefan Zweig.  And he was, before Bunin, a clear favourite for the Swedish prize when he was first nominated in 1918.

Over the years, however, Bunin and his writing provoked a positive reaction from the democratic West, especially in France, with its strong Russian exile community. But perhaps the key factor in the race to become the first Russian literatura Nobel was the crucial backing of three persons: Emanuel Nobel himself, the writer Romain Rolland and the Czechoslovak President Thomas Masaryk.


jueves, 18 de diciembre de 2014

MEA CUBA. RECORDANDO A CABRERA INFANTE.


Entrevista a Guillermo Cabrera Infante, 1996

Foto de Carlos Schwartz.

      
En estos días la Casa de América ha dedicado una semana al escritor Guillermo Cabrera Infante. Esta corta estancia la hemos aprovechado para hablar con él y saber más sobre su obra y su personalidad. Guillermo Cabrera Infante nació en Gibara (Cuba) hace sesenta y siete años. Está casado con la actriz cubana Míriam Gómez.

Guillermo C. Infante y Míriam Gómez.


Entre sus obras se encuentran: "Así en la paz como en la guerra" (1960) , "Tres Tristes Tigres" (novela con la que consiguió el Premio Biblioteca Breve en 1964), "La Habana para un infante difunto (1979), "Delito por bailar el chachachá" (1995) y su última novela publicada en España "Ella cantaba Boleros" (1996).
Este escritor, admirador de Borges, compañero de Severo Sarduy, se mueve, como Joyce, en un ambiente de exilio: su corazón en Cuba y su casa en Londres. Devuelve a las palabras el ritmo y la sonoridad de los diálogos cubanos. Ya en Tres Tristes Tigres da pautas para hacer la lectura de su novela:
El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna, que como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto.
La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta. (...)
Ese "desorden" en la construcción de las frases, esa traslocación alocada de las palabras, descubre nuevos espacios para el sentido, nuevos significados que no paran de hacer guiños al lector y provocar, en muchos casos, la sonrisa.
La última de sus novelas, Ella cantaba boleros, vuelve a recrearse en la vida nocturna de la Habana del 59 y toma como eje central a la cantante cubana Freddy, La Estrella, de la que ya hablara en Tres Tristes Tigres:
- Era una mulata enorme, gorda gorda, de brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque de agua que era su cuerpo.
En Ella cantaba Boleros:
- Y sin música, quiero decir sin orquesta, sin acompañante, comenzó a cantar una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso, y apenas me dejó acordarme del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental fingido sentimiento de la canción, nada de la bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz y de pronto me estremecí (...)

Usted es un experto en reflejar la oralidad en la escritura, ¿es la literatura un acto del "oído" más que de la "vista"?
- Eso es lo que yo he dicho. En realidad, yo presto más atención a cómo suena cuando se lee que a cómo se ve cuando se escribe.
¿Cree que sus retruécanos son melodías que suenan de fondo en sus relatos, o es simplemente un juego del ingenio?
- No; son simplemente un sistema poético. Una manera de embarullar, componer con palabras algo menos directo que una frase usual, menos artificioso que un verso.
- Su forma de escribir y su estilo cuando empezó a escribir, ¿fue también una apuesta para ir en contra de la corriente del realismo social que había en ese tiempo...?
- No había ningún realismo social; lo que había era una enorme...
- ¿No existía la corriente de los Moravia,...
-...Sí, pero de lo que se trataba era de la atención desmedida que se prestó a cierto folclorismo guatemalteco en la novela de Miguel Ángel Asturias, El señor Presidente, y yo leí fragmentos de El señor Presidente y llegué a la conclusión que si eso era literatura, yo podía hacer lo mismo. Y eso fue el comienzo realmente: un acto de parodia.

Las mujeres y las novelas

¿Está de acuerdo con que la novela se hizo "mayor", como género, porque las mujeres se empeñaron en leerla...?
- No... Yo no creo, porque no creo que hubiera grandes lectoras cuando se publicó el Quijote...
- Las novelas de Jane Austen...
- Eso es diferente, eso son dos siglos más tarde y hay una adquisición de la cultura, mejor dicho, de la lectura, por parte de las mujeres. Sobre todo hay que considerar que se habla de Inglaterra. Yo no creo que las mujeres españolas...
¿No leían...?
- O no leían o tenían otra lecturas.
¿La novela "rosa"...?
- Novela rosa sí leerían y, de cierta manera, las novelas de Jane Austen son un substituto de la novela rosa. Es el encuentro de la novela romántica con una particular sensibilidad de parte de la escritora... y una inteligencia poco común, no sólo ya como lectora, sino como escritora. Y ése es el fenómeno Jane Austen.
Dicen que las mujeres leen más "novela" que los hombres, o que están más cerca de la literatura que los hombres, ¿usted qué opina?
- Es posible que haya más mujeres lectoras que lectores, pero ese tipo de estadísticas no me importa demasiado. Es decir, lo que me importa es la consecuencia que pueda tener un escritor sobre sus lectores. No si son muchos o son pocos porque entonces entraríamos de lleno en el terreno de considerar los best sellers como una forma literaria óptima.

Cuba es una gran tragedia


¿Me puede hablar un poco de quién es el personaje de "La Estrella"?
- Bueno, si tú te lees Ella cantaba boleros, no hay necesidad de explicación. Es más, hay demasiada explicación en Ella cantaba boleros acerca de quién era "Estrella". Fue un fenómeno musical que existió, que tuvo su apogeo y después se extinguió, por eso el nombre de "Estrella" le viene bien: una estrella que se apaga...
¿Qué "música de fondo" propone para leer sus novelas?
- La música de mis palabras.
¿Es para Ud. Cuba un "bolero"?
- No, no, en absoluto. Cuba es una enorme tragedia, no es un bolero. Para mí... un bolero es un bolero; los boleros son los boleros... y no hay ningún otro paralelo posible... Son demostraciones musicales... y eso es todo.
¿En Cuba Ud. se sentía como aquel poema de Stevenson que decía:
"Whenever the moon and stars are set,
Whenever the wind is high,
All night long, in the dark and wet
A man goes riding by.
El poema termina Why does he gallop and gallop about?

- Eso es un poema que yo leí, en inglés, en las clases nocturnas de inglés en La Habana vieja, alrededor de mil novecientos cuarenta y... tres, por ejemplo; pero yo no me sentía nada como un niño solitario, nunca, ni cosas de esas... Eso estaría bien para Stevenson en Escocia, pero no para mí en La Habana.
¿Y en Londres a veces se siente así?
- ¿Como un niño...? Nunca, nunca... Yo no me he sentido como un niño más que cuando era niño... Y además yo era un niño impertinente, que sabía demasiadas cosas para su edad... se metía en las conversaciones con los mayores... No, no; eso no tiene nada que ver conmigo.
- Usted a veces ha dicho que "la vida es una gran parodia", ¿la contempla desde una butaca?
- Yo a veces digo cosas que en realidad después me arrepiento de haber dicho... y esta es una de ellas. Yo no creo que la vida sea una gran parodia; yo creo que hay parodias dentro de la vida, pero no la vida misma es una gran parodia, porque eso remitiría a un modelo mayor que la vida, porque no hay manera de parodiar sino teniendo un modelo que sea objeto de la parodia
- En Ella cantaba boleros, en sus primeras páginas, usted escribe: "nada vulgar puede ser divino, es cierto, pero todo lo vulgar es humano", ¿cree que el cine actual aún refleja la vulgaridad de la vida?
- ¡Oh, sobre todo..., o sea, gozosamente! Yo creo que el cine es de las manifestaciones más vulgares que puede haber; es más, las ha reintroducido en la vida... los tacos, las malas palabras... hay una cantidad de fornicación en las películas, que no puede ser más exhibida, y por tanto, más vulgar...
Con el seudónimo de G.Caín publicó sus críticas de cine en el semanario Carteles.¿Ha resucitado de nuevo Caín o murió en Carteles...?
- No , ha salido otras veces... Hay un incidente, que ocurrió hace poco, en que un "avatar de Caín" se manifestó cuando el director de las páginas de opinión de un periódico de Estados Unidos fue despedido de su cargo porque le había agarrado un seno a su secretaria. Yo comenté "pero no debieran haberlo castigado, porque es un esteta"... y la señora que estaba junto a mí me dijo "¡pero cómo, por favor,... siempre eres un Caín!"...
- ¿Qué quiere decir cuando dice "un crítico, de tanto ver, se queda miope"?
- Ah, esa es una frase graciosa, o que pretende ser graciosa. Es una alusión a mi miopía y a la cantidad enorme de películas que pueden ser causales o no de mi ser corto de vista.
La metáfora literaria produce una imagen, ¿ésta pude convertirse en imagen cinematográfica o son incompatibles?
- Completamente diferentes... No, la imagen cinematográfica está ahí, muy visible; la imagen literaria hay que buscarla siempre... o hay que establecer un complejo sistema de comunicaciones.
¿Fue su madre la culpable de que le gustase el cine?
- No... fue mi madre la culpable de llevarme al cine tan pequeño, porque yo creo que habrá muchos hijos que hayan sido llevados por su madre al cine como me llevaron a mí y que odiaran al cine. Lo uno no es consecuencia de lo otro, pero sí yo creo que es de hacer notar que mi madre se empeñó en llevarme al cine a una edad tan tierna que, en realidad, lo único que podía pretender ella era que yo viera la película..., pero pensando que también había ido al cine cuando estaba embarazada, no creo que ella quisiera que yo viera películas desde el seno materno...

Cabrera Infante, Cicerón e Internet: historia de un malentendido

- ¿Piensa que con "Internet" la literatura será un vasto juego sin fronteras?
- Yo no tengo la menor idea de lo que es el "Internet"... Yo creo que todo el mundo habla de lo que es el "Internet", y me preguntan "¿tienes Internet?", como antes se preguntaba...
-..."tienes teléfono"...
- ...Sí... o "¿tienes hambre?", o "¿tienes...?" A mí me parece un escándalo tan extraordinario..., porque yo estoy completamente ajeno a él, yo no participo del Internet...
Pues hay muchos artículos y muchos estudios sobre usted en Internet...
- ¿Sí...? Pero sin mi permiso...
No suyos. Hablan de usted... Por aquí tengo alguno...-le muestro uno de los artículos que llevaba como documentación para la entrevista.
- Hay dibujitos y todo... espero que no sean obscenos... ¿Son mujeres quitándose las ropas? ¡Qué horror!-exclama con fingido escándalo.
No; es Cicerón dictando a su secretario... y aquí hablan de usted -Cabrera Infante examina con detenimiento el artículo.
-... Me ponen al lado de Cicerón...-exclama sorprendido.
Sí, señor, y es de una Universidad de New Jersey, de una publicación de literatura...
- Voy a tener que comenzar a pensar en el Internet como algo positivo...
Y había otros muchos artículos, pero no pude acceder a todos...
- ¿Y cómo tú sabías que había otros...?
- Porque cuando yo busco su nombre, me aparecen todos los documentos que hay en el mundo que alguien, gratuitamente, ha metido en la red sobre usted.
- ¡Qué bien!
Yo, precisamente, le estoy haciendo esta entrevista para una revista...
-¿Para Internet...?
Sí, para una revista de literatura... de la Universidad Complutense...
- Tú no me advertiste eso...
Es una revista literaria...
- Pero lo de Internet...-dice haciendo vibrar fuertemente la erre.
- Le entra la paranoia... -apunta alguien a mi alrededor.
- No, no... no me entra la paranoia -se defiende él-, pero no creo que mi madre me criara a mí para terminar en el Internet... -todos nos reímos.
Es una de las cosas más maravillosas del mundo, porque todo el mundo puede leer sobre su obra. ¿No le gusta esa idea?
- Sí..., me gusta la idea que lean sobre mi obra, pero me gusta la idea de que paguen por leer mi obra. No que todo esto sea gratis.
- Son estudios... desde luego la novela no se puede leer por Internet, pero sí pueden entrarles ganas de comprarla.
El tiempo pasa y su esposa nos avisa de que un doctorando francés está esperando, después de un viaje de catorce horas, para entrevistarse con él.
Sólo una pregunta... ¿Cómo se siente después de haber presenciado un ciclo sobre usted en la Casa de América? ¿Le hace reflexionar sobre su obra?
- Sobre todo me siento fatigado. Me siento, en realidad, muy honrado y estoy alegre, contento, pero también estoy muy cansado; es, eh,...
¿Demasiado condensado...?
- Demasiado..., demasiada tensión. Ahora, como Greta Garbo, tengo ganas de decir "quiero estar solo"...
Muy bien...
- Tienes un buen final ahí, ¿no?

© copyright Yolanda Delgado 1996



Reseña de su último libro de memorias "Mapa dibujado por un espía"


http://laisladesanborondon.blogspot.com.es/2014/02/hpavana-para-un-largo-adios.html


jueves, 13 de noviembre de 2014

El padre ruso de la novela de Orwell, "1984 "


En 2013, el "caso Swnoden" y el escándalo del ciber espionaje del gobierno estadounidense,  dispararon las ventas  de "1984" en Estados Unidos. Pocos libros escritos en este siglo han conseguido que términos como "Gran hermano", "crimen mental" o "situación orwelliana" hayan sido incorporados a nuestra conversación cotidiana. Pero antes de que George Orwell escribiera su pesadilla futurista, el escritor británico leyó la moderna novela anti-utópica que un ruso, llamado Eugeni Zamiatin, escribió en 1921. "Nosotros", sin ninguna duda, marcó el mapa topográfico de la última obra de Orwell y todavía hoy, continúa siendo una referencia para escritores de todo el mundo.

En su artículo "Libertad o Felicidad" publicado el 4 de enero de 1946 en la revista socialista británica Tribune, George Orwell quien acababa de publicar, "Rebelión en la granja", su fábula mordaz contra el régimen de Stalin reconoce el entusiasmo que le produjo la lectura de "Nosotros" pese haberla leído en una edición francesa. "Resulta sorprendente que ningún editor inglés no haya tenido la iniciativa de reeditarlo." También le llama la atención que nadie haya advertido que: "Un mundo feliz, de Huxley, procede en buena parte de esta novela". Y tras exponer los defectos que, en su opinión brillan en el mundo feliz de su colega Aldoux, afirmaba que: "la comprensión intuitiva de Zamiatin sobre la irracionalidad que encierra el totalitarismo el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí mismo, la relación con el líder a quien se le otorgan poderes divinos ― hacen que la novela de Zamiatin sea superior a la de Huxley".

Evgeni Zamiatin (1884-1937), ingeniero naval de profesión, fue un hombre a contracorriente, independiente y muy crítico en sus opiniones. Activista bolchevique durante la época zarista y ex-bolchevique cuando triunfó la Revolución de 1917.  Escribió "Nosotros" entre 1920 y 1921 y leyó algunos capítulos en varias audiciones públicas, anunciando incluso su publicación. Pero, la Glavlit, la censura oficial puso todo su empeño para que el libro no viera nunca la luz. Sin embargo, la obra burló fronteras y viajó hasta New York donde fue publicada en inglés en 1927. Poco después se editó en Praga, y en 1929, en París. Para entonces, Zamiatin tenía muchos problemas en su patria, y la publicación de "Nosotros" en el extranjero fue considerado un acto de traición. Además, la prensa rusa se encargó de presentar la novela como si fuera la última producción del escritor. Las circunstancias le obligaron a escribir una carta a Stalin solicitando su permiso para abandonar Rusia: "Sé que tengo la mala costumbre de decir en un momento determinado, no lo que podría ser provechoso, sino lo que creo que es verdad."
 En 1931, gracias a la mediación de su amigo Gorki, el escritor pudo abandonar la Unión Soviética y poner rumbo a París, ciudad donde viviría hasta su muerte. Allí trabajó como guionista de cine, colaborando con directores de la talla de Jean Renoir. "Nosotros", la novela que lo encumbró como uno de los mejores escritores rusos del s. XX no fue publicada en Rusia hasta 1988, durante la era Gorbachev.
Todo parece apuntar que Huxley, después de publicar su mundo futurista en 1932, tuvo que defenderse en varias ocasiones de las acusaciones de plagio. Dada las coincidencias que existen entre ambas novelas, sus argumentos nunca convencieron ni a críticos, ni a escritores audaces como Kurt Vonnegut. Este al hablar de su primera novela, "La pianola" (1952), una distopía de la automatización, declaró con desenfado: “Yo tomé alegremente la trama de "Un mundo feliz", cuya historia a su vez, había sido alegremente birlada a la novela "Nosotros" de Zamiatin. " (Revista Playboy, 1973)


La reseña de Orwell, clave para rescatar la figura de Zamiatin en el mundo literario anglosajón, destaca además que el literato ruso no tuvo la intención de dirigir su sátira contra el gobierno bolchevique de Lenin, ni siquiera tenía en mente a Stalin, ya que este siquiera había entrado en escena cuando el ruso escribió su novela anti utópica.  Zamiatin vaticinaba la tiranía que traería consigo la súper industrialización en cualquier sociedad.
El propio escritor, ya fuera de Rusia, y por si las moscas, se encargó de disipar cualquier duda: "Esta novela señala el peligro que supone el maltrato del hombre por parte del estado de cualquier estado." 

Gracias a su calculado diagnóstico de ingeniero, Zamiatin auguraba un futuro desgraciado para su país si continuaba aquella senda esquizofrénica en la que Lenin concentró todo el poder en su figura y creyó que sólo el taylorismo traería el cambio industrial que necesitaba la Unión Soviética. El líder bolchevique tenía un sueño: fabricar nuevos obreros, auténticas "máquinas vivas", sólo así sería posible hacer realidad la sociedad socialista.
El escritor H. G Wells tuvo la misma impresión que Zamiatin durante su primera visita a Moscú, en 1922. Tras conversar con Lenin comentó: "Lenin, como buen marxista ortodoxo denuncia todas las utopías, pero al final, él mismo ha sucumbido a la utopía de los electricistas".
Ese mundo controlado por la luz de las máquinas del que habla "Nosotros", puso además sobre la mesa una vieja cuestión filosófica que tanto preocupaba a Dostoievski: en la naturaleza del hombre coexisten un yo lógico y otro "yo peludo" e irracional que siempre intentará hacer lo que le de la gana. Sólo el hombre libre podrá elegir con que "yo" quedarse en cada momento.

Zamiatin y el mapa topográfico de "1984 "


"Nosotros" es un experimento literario que oscila entre H.G. Wells y Dostoyevki, escritores a quienes Zamiatin profesaba una profunda admiración. Con una visión inteligente, satírica y pesimista, el escritor se vale del diario que escribe su protagonista, D-503 (alter ego de Winston Smith en la novela de Orwell), para retratar un mundo futuro, matemáticamente perfecto. En el Estado Único (Oceanía) todo es geométrico y los objetos, incluidas las viviendas, son de cristal.
Miles de ciudadanos, reducidos a números, viven felices en un país cercado por una muralla transparente que les protege de la Naturaleza. El gobierno está concentrado en un único líder, el Benfactor (Gran hermano) y los Guardianes (la Policía del Pensamiento) salvaguardan la seguridad de la nación. La individualidad ha sido aniquilada en pro del bien común. "El periódico Estatal" (Time en "1984") es la única fuente de información, y el control de las áreas de conocimiento por parte del gobierno, están fuera de toda cuestión.
El ingeniero D-503 trabaja en la supervisión de la construcción de la "Integral" que está a punto de iniciar un viaje interplanetario. La nave conquistará a los seres ignotos de otros planetas que aún viven en una estado salvaje de libertad.  Sin embargo, I-330 (alter ego de Julia), una mujer que dirige el movimiento contrarrevolucionario Mefi (la Hermandad), se cruza en la vida del constructor.  A partir de ese momento, D-503 vivirá un periodo de incógnitas que le son imposibles de resolver.
Mientras que Zamiatin optó por contar una realidad negativa al más puro humor de Gógol, "1984" es, por el contrario, el retrato de una sociedad dominada por el hambre, la crueldad y el dolor.

La experiencia de Orwell en la guerra civil española contra el ejército de Franco agudizó aún más su desconfianza hacia cualquier poder político, sobre todo el estalinista, cuyo único fin era mantenerse en el poder a cualquier precio.  "Nosotros" le sirvió de modelo para contar su propio tiempo histórico aunque bajo la apariencia de un mundo apocalíptico. "Digamos que, 1984" tiene poco de profético. Al menos las tres cuartas partes de lo que se explica no es utopía pesimista, es historia", explica Umberto Eco.

Pero, no quisiera finalizar este artículo sin referirme la conmovedora historia de amor y sexo que se cuenta en la novela y que también fue inspiración para Orwell. Zamiatin recurre al mito bíblico del Jardín del Edén. D-503 representa a Adán, quien de forma irracional siente por I-303 un sentimiento de amor irrefrenable.  I-303, la seductora Eva, dará a probar a su amante del fruto prohibido. Tras cometer el pecado original, D-503 tiene un revelación: "Por primera vez en mi vida, justamente por primera vez en mi vida, me veo con total claridad y conciencia."  Tras saltar el muro de la certeza matemática, el ingeniero sólo anhelará la libertad individual que el Estado le niega.

Y, ¿cómo acaba la historia? Pues, a esa cuestión contestaré con una frase que se puede hallar en el libro: "El hombre es como una novela: hasta que no llegas a la última página, no sabes cómo acabará. De lo contrario, no valdría la pena leerla…"